No quisisteis escucharnos. Y cuanto más nos adentrábamos en la oscuridad, más nos fascinaba ésta. Fuimos mordidos por los lobos, hicimos el amor con ellos y bebimos su espesa sangre. Ahora somos uno con ellos. Hemos roto el hechizo de las palabras. Hemos cruzado al otro lado del espejo y podemos ver la barbarie que se nos oculta, el verdadero rostro de este mundo tras su máscara. Hemos dejado de ser ciudadanos para convertirnos en rebeldes, en forajidos, en terroristas… en hombres lobo. Somos todo lo que teméis, pero también aquello por lo que suspiráis a escondidas.

Se terminó el tiempo muerto. Comienza la hora del lobo. A partir de ahora buscadnos en vuestras pesadillas.

jueves, 15 de marzo de 2012

Ningún pacto con el Crimen Organizado

Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al mundo, está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado, la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales avanzadas.”
– Guy Debord, maldito de la civilización 

Políticos, banqueros y capitalistas... Sois el Crimen Organizado


Los hombres y las mujeres se parecen mucho al tiempo que habitan. Y en esta época de miedos, muchos han sentido pánico.”

La miseria de las sociedades en las que imperan los modos de depresión modernos se presenta como una inmensa acumulación de pactos mafiosos: Hipotecas asfixiantes, trabajo opresivo y deshumanizador, pedagogía destinada a la producción en masa de robots obedientes, consumo alienante, créditos, facturas... Nada escapa de la lógica chantajista que poseen las leyes del Crimen Organizado. Ni siquiera las huelgas, consideradas clásicamente la máxima herramienta ofensiva del movimiento obrero, se alejan de esta dinámica: Nunca se convocarán sin establecer antes servicios mínimos, recorrido de la manifestación... Y como condición máxima que al día siguiente todos regresemos a nuestras vidas de mierda, olvidemos cualquier posibilidad de lucha directa y continuada, y regresemos a lo que ellos llaman normalidad. 

No hay nada más criminal que la normalidad defendida por los Estados. Su política de chantajes, coacciones y palizas hicieron que éstos se interesaran rápidamente por ciertas organizaciones clandestinas especialmente centralizadas y jerarquizadas, dedicadas a la extorsión del campesinado pobre y al trapicheo a pequeña escala. Estas camarillas camuflaban la feroz lucha por el poder interno tras una máscara de aparente cohesión, y además tenían la capacidad para imponer sus propias leyes mediante el acoso y las amenazas: Eran las Mafias. La naturaleza local que las había caracterizado históricamente fue perdiendo contenido de forma progresiva, y abandonaron su carácter regional para operar ahora a nivel mundial junto a los Estados, porque la fusión económico-estatal ha requerido que la forma de organizar el mundo actual sea mediante el secreto generalizado, y para ello la unidad básica de acción es la Mafia. 


En tiempos de crisis, el Estado se convierte más que nunca en lo que había sido en sus orígenes históricos: Una banda armada -que en las comunicaciones policiales del pasado 27M se mencionara el usar munición real contra gente desarmada no es una mera coincidencia, pues nos da cierta idea de las prácticas criminales a las que el Poder no dudará en recurrir, y en qué contexto tendremos que movernos a partir de ahora-. El mundo del hampa, adaptado por completo a los tiempos modernos y luciendo ahora una cómoda apariencia democrática y conciliadora -incluso fomentando unos pactos sociales en los que él es el único actor y beneficiario-, se revela hoy día como la horda de gángsters y matones a sueldo del que dispone la Mafia institucionalizada para imponer su programa político por la fuerza: Políticos, banqueros y capitalistas, pero también sus serviles sindicatos, policías, jueces y burócratas, conforman el nuevo Crimen Organizado. Y como haría cualquier otra Mafia, su mayor exigencia es, naturalmente, establecer que no existe o que ha sido víctima de calumnias poco científicas -ése es su primer parecido con el capitalismo, y no es precisamente el único-. 

El incesante desarrollo del Poder en todas sus formas ha llegado hasta tal punto que a día de hoy la Mafia organizada es la encargada de opinar, legislar, juzgar y decidir sobre sus propias farsas y montajes. En esta línea, el nuevo paquete de legislación represiva, incluyendo la ley que prohibirá acudir a las protestas con el rostro cubierto, no es más que otro reglamento destinado a favorecer los intereses del Sindicato del Crimen, y no es por lo tanto algo nuevo si nos atendemos a sus actividades delictivas clásicas: Las grandes familias del hampa nunca han tolerado rivales ni infiltrados en su propio terreno, y no solamente exigen trabajar con una legislación que ampare sus prácticas criminales, sino que también proteja sus negocios de la forma apropiada. En este caso, el Crimen Organizado ha optado por reservar el monopolio de la capucha y el incógnito a sus agentes sin identificar y a sus camorristas profesionales, con tal de atemorizar aún más a la población e impedir cualquier intento de vivir al margen de sus normas, leyes y coacciones, es decir, alejado de la ley de la mercancía organizada como una fuerza. 


Cualquier Mafia que se precie debe poseer además su propia red de chivatos, apologistas, espías y agentes infiltrados. Una que es capaz de afirmar su posición a nivel global y dispone además de una cobertura legal que legitima su actuación allá donde sus matones puedan actuar, posee un aparato coercitivo de represión e información como nunca había existido antes -contando incluso con plantillas de delatores profesionales en las grandes agencias de comunicación-, cuyo objetivo principal reside en perpetuar el rol dominante de la mercancía sobre las relaciones humanas. La progresiva concentración de los flujos de información a nivel mundial persigue esta lógica por completo, y es un elemento imprescindible para guardar los secretos de una sociedad que ya sólo es capaz funcionar en base al secreto generalizado.

El crecimiento espectacular de la Gran Mafia en el último siglo, su progresiva mutación hasta convertirse en la forma predilecta de organizar el global de la sociedad, ha sido paralela a la descomposición completa del discurso crítico y radical, que se ha visto reducido hasta ser una mera parodia de sí mismo: Es preciso recordar en primera instancia que la Mafia únicamente se hace fuerte en aquellos sitios en los que predominan el temor y la indiferencia, y por esa misma razón ha podido desarrollarse a nivel mundial sin oposición alguna. El rasgo fundamental que caracteriza el malestar vital de nuestra época, más allá de la desaparición de toda esperanza, reside precisamente en nuestra total incapacidad para imaginar otra vida alejada de la sociedad de la supervivencia y todos los mitos negros sobre los que se sustenta -cálculo egoísta, dinero, mandato mercantil, aburrimiento y repetición, culto fetichista a conceptos tan aberrantes como son el trabajo o la obediencia...-, es decir, la falta de voluntad por romper con una normalidad criminal que nos convierte en autómatas, y destruye nuestras vidas de la misma forma que lo hace con el mundo entero.

   
Es de primera necesidad repensar la cuestión de la emancipación, fabricar nuevas brújulas que puedan orientarnos en un mundo que se nos ha vuelto ajeno, que sean la piedra angular para recuperar una auténtica vida que merezca la pena ser vivida hasta su último instante, sin tiempos muertos. El camino pasa por negar la autoridad del Crimen Organizado, y no otorgarle una legitimidad que nunca ha tenido ofreciéndole un diálogo que no merece... Es preciso desobedecer.

No le pidamos diálogo a las instituciones que están administrando nuestra propia muerte

Contra su normalidad mortífera, nuestra rebelión continuada contra la muerte en vida

Ningún pacto con el Crimen Organizado

martes, 6 de septiembre de 2011

Volver a la normalidad significaría morir

En Plaza Cataluña ya somos miles. Hemos tomado el centro de la ciudad. Nos hemos apoderado de él, y con nuestra determinación hemos abierto una grieta de indignación en el muro del consentimiento y la resignación social.”

Un extraño fax salpicó la normalidad generalizada del Centro Nacional de Meteorología el pasado marzo. Un comunicado firmado por un misterioso grupo llamado “Instituto del Tiempo” advertía sobre la inminente llegada de una fuerte inestabilidad que afectaría a todo el país, y traería consigo tormentas, anticiclones y vientos huracanados, empeorando la situación conforme avanzara el año. Aún así, la notificación añadía un aviso final en el que se señalaba que no se debía tomar precaución alguna, y se debía salir a la calle para dejarse arrastrar por la imparable ola.



Ahora solamente tenemos dos opciones: Dejar que esta grieta se cierre, perdiendo una oportunidad única para un verdadero cambio social, o abrirla tanto como podamos, ensanchándola hasta que afecte los cimientos de la miseria y la explotación.”

Nunca un pronóstico fue más acertado. Lo impensable, por fin sucedió. Ejercicios masivos de desobediencia civil en forma de improvisadas acampadas significaron el comienzo de un movimiento social masivo sin precedente alguno. Lo que se bautizó como 15M es la prueba palpable de la rapidez con la que la sociedad puede auto-organizarse sin intermediario alguno, gestionando acampadas masivas mediante trabajos voluntarios, experimentando con ejercicios de democracia directa que aún prosiguen en barrios y vecindarios. Más allá de las experiencias concretas, podemos ver como el 15M ha sido el comienzo de una transformación muy profunda de la sociedad, teniendo como base la descentralización, el ágora como reocupación del espacio público en el que conversar y opinar, y la democracia directa en sus formas básicas, más o menos imperfectas. Hannah Arendt nos recordó en su obra cumbre que la apatía era el gérmen del totalitarismo. Alrededor de Europa, los gobiernos, agencias de calificación y grandes empresas, se conjuran en santa cacería contra las protestas sociales, y sus deliberaciones se vuelven cada vez más agresivas y dictatoriales. Si queremos mantener la memoria de Hannah Arendt viva, y con ello a nosotros mismos, les recordaremos que no dejaremos arrebatarnos nuestros derechos ni libertades sin ofrecer una contestación directa. En este sentido, el 15M ha sido la primera piedra de choque ante la ofensiva capitalista que se avecina, y pretende eliminar cualquier atisbo de derechos sociales con el silencio cómplice de los lacayos sindicales del Ministerio de Movilizaciones del PSOE, cada día más preocupados de sus jugosas subvenciones y sus preciados liberados. La única conclusión que podemos extraer de las experiencias que hemos compartido en las plazas durante los últimos meses, es que no nos podemos fiar de nadie, salvo de nosotros mismos y nuestra propia consciencia: Ni sindicatos oportunistas, ni partidos que pretenden hacer su agosto particular repartiendo pegatinas y chapas para captar votos y afiliados. El 15M nunca ha tenido rostro ni portavoces, porque el 15M siempre hemos sido todos nosotros. Por eso no pudieron echarnos de Plaza Cataluña, porque somos millones y estamos muy, muy cabreados.

Si queremos llegar a algún sitio, si queremos que todo aquello que despreciamos y denunciamos desaparezca, hace falta traspasar los límites de la plaza. Hace falta traspasar los límites de la misma legalidad que ayer nos decía que no podíamos ocuparla, y hoy nos dice que no podemos salir de ella, que no podemos tocar la normalidad que la rodea.”

Los partidos políticos alternativos, muy preocupados por adquirir su cuota de poder correspondiente en el sistema como recompensa a la dificilísima tarea de pretender canalizar por vías institucionales un estallido social tan imprevisible y complejo como es el 15M, se encuentran ahora mismo en la más peligrosa encrucijada. Un solo paso en falso, un error en sus preparadísimos discursos cargados de fraseología revolucionaria pero con un mensaje profundamente servil y pactista, les condenaría de nuevo al ghetto ideológico del que ahora parece que han sabido encontrar la salida, y enviaría al traste sus ambiciosas aspiraciones de adquirir un par de diputados, o de suplantar a los fosilizados burócratas sindicales por otros afines a ellos, pero igualmente sumisos.



Hace falta desobedecer la voz del poder cuando nos dice que cortar una calle es violento mientras corta vidas humanas con paro y explotación, cuando nos dice que enfrentarse a la policía es violento mientras tortura inmigrantes y disidentes en las comisarías, cuando nos dice que atacar un banco es violento mientras deja famílias enteras en la calle por no poder pagar la hipoteca.”

Es preciso puntualizar además que cuando aquí se habla de vías institucionales, éstas no se reducen únicamente al ámbito electoral, si no que abarcan todos los aspectos vitales sobre los que el poder tiene un dominio absoluto y se puede prevenir debidamente ante ellos, ya sean insulsas luchas sindicales o manifestaciones-espectáculo que pretenden concentrar décadas de miseria y rabia acumulada en una única tarde de protesta lúdica. Integrarse en los canales conocidos que ofrece el sistema en un desesperado intento de absorber las ansias populares de decisión y participación, hoy día irrealizables bajo el orden social actual, implica una desigualdad de condiciones absoluta al enfrentarnos continuamente a expertos de diversa índole que justificarán los mayores atropellos a los derechos sociales, y tildarán de utópicas las demandas de democracia para proceder a domesticar el movimiento o integrarlo como socio inofensivo. La única contestación posible es aquella que sorprenda y sea capaz de avanzarse al arsenal de mecanismos de control y represión de los que dispone el sistema espectacular.

Hace falta desobedecer, porque ninguna revolución se ha hecho nunca respetando las leyes de los poderosos. Hace falta desobedecer, porque lo más violento de todo no sería continuar actuando ilegalmente, si no dejar pasar la oportunidad de acabar de una vez por todas con todos los abusos, con toda la violencia masiva que esta sociedad produce.”

El poder, aún habiéndose perfeccionado incesantemente desde sus primitivos orígenes, sigue inquieto ante los sucesos imprevisibles que no han pasado por su filtro ni su óptica de control. Mientras que los señores del Antiguo Régimen encarcelaban a locos y conspiradores por temor a que sus fantasías se convirtieran en realidad, el estado moderno ha logrado depurar métodos mucho más sutiles para vaciar de contenido la subversión política, intentando integrar la rebelión como si de una moda más se tratara, un rol pasivo de los múltiples que ofrece el sistema. Uno de los ejemplos más claros, pero a la vez olvidados en los artículos y análisis políticos que se han escrito al respecto, es la cultura de masas que se ha creado en torno al 15M, con la producción masiva e incesante de libros sobre el tema a los pocos meses de surgir el movimiento. La mayor ventaja con la que ha estado jugando el 15M desde su formación es el caos organizado sobre el que se estructura, la imposibilidad de reducirlo a un programa político concreto ha creado tortuosas dificultades en las mentes de los profesionales de la manipulación y sus drogodependientes consumidores. Es por ello que la característica común de la montaña de literatura banal escrita sobre el 15M sea el pretender definir con tiralíneas el movimiento, atribuyéndole objetivos concretos o incluso un programa político plenamente estructurado. Los improvisados analistas, los imbéciles portavoces de la marca comercial Spanish Revolution y demás panfletarios con ansias de reputación mediática, parecen no haber entendido aún que es profundamente antagónico con el espíritu del 15M el pretender definirlo y encajarlo en un estrecho programa u objetivos. El ejemplo paradigmático de este fenómeno de oportunismo mediático es quizás Esther Vivas, una figura ultraradical y antisistema, que ha colaborado ya en la escalofriante cifra de tres libros sobre el 15M en menos de dos meses, y ha logrado ser entrevistada en TV3, colaborando además con El País y Público. A un ritmo sobreacelerado, la cultura de masas distribuye nuevas formas de consumo que suplantan el carácter subversivo de un movimiento social para adaptarlo a las necesidades del mercado y a los márgenes ideológicos tolerados por el sistema espectacular.


Hace falta tomar las calles, hace falta extender la revuelta a todos los barrios y en todos los ámbitos”


Algún tiempo atrás, Raoul Vaneigem escribió en su "Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones" que quedaban únicamente tres décadas para impedir que la etapa histórica de los esclavos sin amos durara más de dos siglos. Quizás el 15M sea la brecha final que derroque todo orden existente para construir una sociedad basada en el amor y la emancipación humana, o quizás sea también la última oportunidad que nos ofrece la historia para dar fin a la fase de los esclavos sin amos. Incluso puede tratarse de ambas. La forma de actuar del orden social se vuelve confusa y autoritaria, contundente y profundamente antidemocrática ante la oposición interna que surge en su seno, y clama por un cambio social. No volveremos a la normalidad, porque su normalidad son desalojos de viviendas cuando famílias no pueden pagar el alquiler, son redadas a inmigrantes, es explotación, es consumismo programado, es miseria humana, es pura inhumanidad. No volveremos a la normalidad porque eso significaría morir. Nada confunde y enfurece más al poder que el rechazo a reconocer su autoridad. Así pues, cabreémosle todos juntos.




“No queremos solamente una plaza, queremos toda la ciudad”

* Los párrafos en cursiva son de unos compañeros anónimos que repartían estos panfletos en la asamblea de barrio de Sants, Barcelona.