“Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al mundo, está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado, la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales avanzadas.”
– Guy Debord, maldito de la civilización
Políticos, banqueros y capitalistas... Sois el Crimen Organizado
“Los hombres y las mujeres se parecen mucho al tiempo que habitan. Y en esta época de miedos, muchos han sentido pánico.”
La miseria de las sociedades en las que imperan los modos de depresión modernos se presenta como una inmensa acumulación de pactos mafiosos: Hipotecas asfixiantes, trabajo opresivo y deshumanizador, pedagogía destinada a la producción en masa de robots obedientes, consumo alienante, créditos, facturas... Nada escapa de la lógica chantajista que poseen las leyes del Crimen Organizado. Ni siquiera las huelgas, consideradas clásicamente la máxima herramienta ofensiva del movimiento obrero, se alejan de esta dinámica: Nunca se convocarán sin establecer antes servicios mínimos, recorrido de la manifestación... Y como condición máxima que al día siguiente todos regresemos a nuestras vidas de mierda, olvidemos cualquier posibilidad de lucha directa y continuada, y regresemos a lo que ellos llaman normalidad.
No hay nada más criminal que la normalidad defendida por los Estados. Su política de chantajes, coacciones y palizas hicieron que éstos se interesaran rápidamente por ciertas organizaciones clandestinas especialmente centralizadas y jerarquizadas, dedicadas a la extorsión del campesinado pobre y al trapicheo a pequeña escala. Estas camarillas camuflaban la feroz lucha por el poder interno tras una máscara de aparente cohesión, y además tenían la capacidad para imponer sus propias leyes mediante el acoso y las amenazas: Eran las Mafias. La naturaleza local que las había caracterizado históricamente fue perdiendo contenido de forma progresiva, y abandonaron su carácter regional para operar ahora a nivel mundial junto a los Estados, porque la fusión económico-estatal ha requerido que la forma de organizar el mundo actual sea mediante el secreto generalizado, y para ello la unidad básica de acción es la Mafia.

En tiempos de crisis, el Estado se convierte más que nunca en lo que había sido en sus orígenes históricos: Una banda armada -que en las comunicaciones policiales del pasado 27M se mencionara el usar munición real contra gente desarmada no es una mera coincidencia, pues nos da cierta idea de las prácticas criminales a las que el Poder no dudará en recurrir, y en qué contexto tendremos que movernos a partir de ahora-. El mundo del hampa, adaptado por completo a los tiempos modernos y luciendo ahora una cómoda apariencia democrática y conciliadora -incluso fomentando unos pactos sociales en los que él es el único actor y beneficiario-, se revela hoy día como la horda de gángsters y matones a sueldo del que dispone la Mafia institucionalizada para imponer su programa político por la fuerza: Políticos, banqueros y capitalistas, pero también sus serviles sindicatos, policías, jueces y burócratas, conforman el nuevo Crimen Organizado. Y como haría cualquier otra Mafia, su mayor exigencia es, naturalmente, establecer que no existe o que ha sido víctima de calumnias poco científicas -ése es su primer parecido con el capitalismo, y no es precisamente el único-.
El incesante desarrollo del Poder en todas sus formas ha llegado hasta tal punto que a día de hoy la Mafia organizada es la encargada de opinar, legislar, juzgar y decidir sobre sus propias farsas y montajes. En esta línea, el nuevo paquete de legislación represiva, incluyendo la ley que prohibirá acudir a las protestas con el rostro cubierto, no es más que otro reglamento destinado a favorecer los intereses del Sindicato del Crimen, y no es por lo tanto algo nuevo si nos atendemos a sus actividades delictivas clásicas: Las grandes familias del hampa nunca han tolerado rivales ni infiltrados en su propio terreno, y no solamente exigen trabajar con una legislación que ampare sus prácticas criminales, sino que también proteja sus negocios de la forma apropiada. En este caso, el Crimen Organizado ha optado por reservar el monopolio de la capucha y el incógnito a sus agentes sin identificar y a sus camorristas profesionales, con tal de atemorizar aún más a la población e impedir cualquier intento de vivir al margen de sus normas, leyes y coacciones, es decir, alejado de la ley de la mercancía organizada como una fuerza.

Cualquier Mafia que se precie debe poseer además su propia red de chivatos, apologistas, espías y agentes infiltrados. Una que es capaz de afirmar su posición a nivel global y dispone además de una cobertura legal que legitima su actuación allá donde sus matones puedan actuar, posee un aparato coercitivo de represión e información como nunca había existido antes -contando incluso con plantillas de delatores profesionales en las grandes agencias de comunicación-, cuyo objetivo principal reside en perpetuar el rol dominante de la mercancía sobre las relaciones humanas. La progresiva concentración de los flujos de información a nivel mundial persigue esta lógica por completo, y es un elemento imprescindible para guardar los secretos de una sociedad que ya sólo es capaz funcionar en base al secreto generalizado.
El crecimiento espectacular de la Gran Mafia en el último siglo, su progresiva mutación hasta convertirse en la forma predilecta de organizar el global de la sociedad, ha sido paralela a la descomposición completa del discurso crítico y radical, que se ha visto reducido hasta ser una mera parodia de sí mismo: Es preciso recordar en primera instancia que la Mafia únicamente se hace fuerte en aquellos sitios en los que predominan el temor y la indiferencia, y por esa misma razón ha podido desarrollarse a nivel mundial sin oposición alguna. El rasgo fundamental que caracteriza el malestar vital de nuestra época, más allá de la desaparición de toda esperanza, reside precisamente en nuestra total incapacidad para imaginar otra vida alejada de la sociedad de la supervivencia y todos los mitos negros sobre los que se sustenta -cálculo egoísta, dinero, mandato mercantil, aburrimiento y repetición, culto fetichista a conceptos tan aberrantes como son el trabajo o la obediencia...-, es decir, la falta de voluntad por romper con una normalidad criminal que nos convierte en autómatas, y destruye nuestras vidas de la misma forma que lo hace con el mundo entero.

Es de primera necesidad repensar la cuestión de la emancipación, fabricar nuevas brújulas que puedan orientarnos en un mundo que se nos ha vuelto ajeno, que sean la piedra angular para recuperar una auténtica vida que merezca la pena ser vivida hasta su último instante, sin tiempos muertos. El camino pasa por negar la autoridad del Crimen Organizado, y no otorgarle una legitimidad que nunca ha tenido ofreciéndole un diálogo que no merece... Es preciso desobedecer.
No le pidamos diálogo a las instituciones que están administrando nuestra propia muerte
Contra su normalidad mortífera, nuestra rebelión continuada contra la muerte en vida
Ningún pacto con el Crimen Organizado